Revista Digital de la VALL D'ALBAIDA
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dilluns, 26 d’octubre del 2009

El sentido de la vida

El sentido de la vida, per Rosana Ferrero


Durante un periodo determinado de su vida, la mujer tiene a su alcance el mayor de los tesoros: la maternidad. Salvo que no pueda acceder a ella por motivos de salud, tiene total derecho a decidir cómo dosificarla, siempre y cuando no agreda ni falte a ningún derecho fundamental enfocado a garantizar el bienestar del ser humano. Y aún así hay quien lo hace, sin pensar en la visión que genera a su alrededor, pues ejecuta la decisión de llevarla o no adelante en función de su situación personal, siempre imperante.

En este momento el aborto es uno de los puntos polémicos y candentes de nuestra sociedad y con la aprobación de la nueva ley millones de personas se sienten humilladas e indignadas. Lógico. Todas las parejas que tengan hijas de 16 años estarán preguntándose el resto de sus vidas si en algún momento sus preciosas y recién moldeadas princesas decidieron interrumpir un embarazo no deseado sin ni siquiera consultarlo con ellos, sin ofrecerle ese mínimo de confianza. La mentalidad, el temor, la vergüenza, la falta de información y el consecuente guillotinazo social hacen que parezca la solución perfecta. Silenciosa, discreta, y sin embargo, un grave error moral y psicológico.

Pero si por un momento nos dejáramos llevar por la empatía y fuésemos capaces de imaginarnos en su situación, posiblemente entendiéramos tan drástica decisión. Si nos imagináramos en el baño de un instituto, con un predictor en la mano, presas del pánico y el desconocimiento, viendo pasar ante nuestros ojos todas aquellas cosas que no podremos llegar a hacer porque nos vamos a convertir en una madre adolescente, a lo mejor podríamos comprender por qué surge tal arrebato. En plena revolución hormonal y sensorial es muy difícil controlarse y más aún controlar a quien está contigo.

Personalmente considero inconcebible que una chica, que además es menor de edad, tenga potestad absoluta para aventurarse y poner fin a su inesperado capítulo sin que tenga el deber y la obligación de poner al corriente a sus progenitores, que le ofrecerán sin dudar su apoyo incondicional, eso sí, después del justificado y desmesurado cabreo; pero me produce más escalofríos pensar en la imagen de un bebé abandonado dentro de un contenedor de basura, o un niño maltratado por unos padres inconscientes y nada preparados para afrontar tal responsabilidad, y aquí ya no incluyo únicamente a las menores. Tan horripilante me resulta una cosa como la otra.

En ese caso ¿cuál es la solución adecuada? ¿quién puede juzgar si el entorno de una menor es el adecuado para llevar adelante su maternidad? ¿se le exime de sus obligaciones porque tiene 17 años regalando a sus padres una segunda e inesperada época de pañales y biberones y que así la joven madre tenga la oportunidad de rehacer su vida o continuar con su status social? ¿y si estaba mal informada? ¿y si no lo supo evitar? O peor ¿y si no lo pudo evitar? ¿debe cargar con ello el resto de su vida como castigo a su alocada, alegre y curiosa adolescencia? ¿qué consecuencias tiene para una jovencita ser consciente de que ha sesgado una vida humana? ¿y qué consecuencias tiene para una jovencita pasar una etapa tan decisiva de su vida atada a un bebé que no quiso tener porque la mala suerte quiso que el ciclo de la luna favoreciera su flamante fertilidad?

Debe ser realmente complicado decidir qué se quiere hacer en un momento así, pero no es coherente dejarse llevar por los impulsos. La decisión debe ser única y exclusivamente de la madre, que es quien tendrá que vivir con ello, pero no se puede permitir que el criterio sea meramente hormonal y rabiosamente cómodo. Porque posiblemente en ese momento solamente se trate de una lucecita en un monitor y un palpitar galopante y sordo, pero con el tiempo será una persona que formará parte de una familia, de un grupo de amigos, de una clase, de un trabajo, de un entorno. Alguien que a lo mejor será un brillante cardiólogo, un profesor entregado, un científico de éxito, un empresario generoso, una enfermera delicada, una atenta recepcionista, la esposa de un embajador o una ginecóloga testigo de esta misma situación.

Nuestra propia vida comienza con esa lucecita parpadeante. En nuestra mano está decidir si realmente nos merece la pena que llegue a brillar.

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