
Moral pública, Iglesia y opciones políticas, per Lluís Oviedo Torró
Moviéndome entre Italia y España, he asistido prácticamente al mismo tiempo al desgaste moral de dos proyectos políticos de centro-derecha en ambos países. En Italia se ha puesto de manifiesto de forma muy patente la poca fiabilidad e incluso cinismo del actual presidente de gobierno. En España un escándalo de corrupción sacude figuras de primera plana del principal grupo de la oposición.
En ambos casos, aunque uno en el gobierno y otro en la oposición, dichos partidos contaban con una cierta simpatía de las conferencias episcopales de sus respectivos países, aunque fuera un tanto velada y no unánime ni incondicional. En general se tenía la impresión de encontrarnos ante la opción “menos mala”, en el sentido de que las alternativas de centro-izquierda merecían menos confianza, e incluso algunas de sus líneas de gobierno chocan frontalmente con principios católicos.
Los actuales escándalos ponen en evidencia los riesgos para la Iglesia si decide entrar en el juego político de apoyar ciertos partidos o de vetar a otros. En cierto modo, aun en el caso de que aceptemos la teoría del “menos malo”, la proximidad a un partido que garantiza el apoyo a algunos programas católicos amenaza con volver a la Iglesia cómplice de personajes muy corruptos y poco recomendables desde cualquier baremo moral.
En Italia se ha hablado bastante de los beneficios mutuos para la Iglesia y el gobierno de centro-derecha de un cierto “pacto latente” de mutuo apoyo: el partido recibía soporte electoral, y la Iglesia veía reconocidas sus causas y valores en la legislación y medidas varias de ese gobierno, en relación, por ejemplo, a la investigación con células madre, los matrimonios entre homosexuales y la fecundación artificial, entre otros. En el caso español, la política a favor de esas cuestiones habría empujado a la Iglesia oficial hacia la oposición, en la esperanza de recuperar un ambiente más propicio a las “causas católicas”.
En la situación actual la Iglesia se siente un poco “entre la espada y la pared”, en un dilema muy incómodo: entre sostener partidos que puedan favorecerle, pero de comportamientos claramente escandalosos, y dejar de sostenerlos y perder algunas de las “causas católicas” por las que militan, a favor de los “valores cristianos”.
Creo que estos acontecimientos se suman a muchos otros a la hora de plantear si no sea mejor que la Iglesia abandone definitivamente el juego político. Por un lado no está claro en absoluto que la Iglesia gane mucho cuando un determinado gobierno comparte o apoya sus valores y causas. No parece que ayude mucho sostener valores morales legítimos con medidas legislativas. Tampoco está nada claro que durante los periodos de gobierno del centro-derecha se haya detenido el ritmo de secularización, o se haya recuperado la dimensión religiosa. Las estadísticas al menos parecen confirmarlo tanto en el caso español como en el italiano.
Quizás un sistema de completa neutralidad política por parte de la Iglesia, como ocurre en muchos otros países, sobre todo en Estados Unidos, podría representar una solución mejor. La Iglesia puede reivindicar públicamente sus valores y proclamar su fe en la vida, la persona y la familia, sin querer imponerlos a través de leyes o de un lobby de presión hacia los respectivos gobiernos. Por otro lado la comunidad cristiana se siente completamente libre de complicidades con los partidos y sus políticas, sus aciertos y sus errores, dedicada a su propia misión: anunciar el Reino de Dios y ofrecer la gracia que salva a todos los que quieran acogerla, sin imponer nada a nadie.
Da la impresión de que en la mente de algunas autoridades eclesiásticas todavía nos movemos en un esquema de “sociedad cristiana” en la que la Iglesia representa un factor importante como líder moral y espiritual. En realidad nuestras sociedades tradicionalmente católicas se han secularizado mucho, el papel de la Iglesia se ha redimensionado, y no puede pretender una posición de gran influencia, como en otros tiempos. No obstante su misión sigue siendo importante para un segmento muy amplio de población, y sería una grave pérdida si viniera a menos. Ese peligro se acentúa cuando no se acierta al escoger los aliados.

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