Publicat el dia 27 de març al Crònica 705
Darwin ha dado muchos quebraderos de cabeza a los creyentes de cualquier religión, y también a la Iglesia católica. Su teoría de la evolución guiada por la lógica de la selección natural pone en crisis las ideas heredadas de la tradición bíblica sobre la creación como obra divina, y los orígenes humanos, como resultado de un acto creador. Todavía hoy, y sobre todo en Norteamérica, muchos grupos religiosos se empeñan en afirmar el “creacionismo” contra la visión e-volucionista.El evolucionismo sigue planteando serios retos a la fe religiosa, por mucho que quiera minimizarse o ignorarse el impacto de esa teoría científica. Sin embargo, algunos consideramos que también nos ofrece oportunidades para repensar la fe, y actualizarla en un ambiente dominado por la visión científica de la realidad, y no por la mítico-religiosa o por la metafísica.
Se sabe que este año se conmemora el segundo centenario del nacimiento de Darwin y el 150 aniversario de su obra més revolucionaria El origen de las especies. Es curioso que el Vaticano haya patrocinado un congreso sobre el evolucionismo aquí en Roma los pasados días 3-7 de Marzo, en el que participé. Parece ser que la Iglesia católica está tomando en serio la repetida consigna del Papa Benedicto XVI, quien invita a todos a empeñarse en un serio diálogo entre la fe y la razón. Hoy la racionalidad la representan sobre todo las ciencias, y por tanto, son ellas las primeras interlocutoras del diálogo propuesto.
Debo reconocer que el Vaticano mostró un gran valor al convocar este congreso, en el que participaron es-pecialistas mundiales sobre el evolucionismo a varios niveles. La impresión fue muy positiva. Los asistentes aprendimos lo complejo que resulta el proceso evolutivo, los misterios todavía no resueltos en algunas cuestiones, y la pluralidad de posiciones – a veces claramente enfrentadas – entre las diversas interpretaciones de la evolución. También hubo intervenciones de tipo filosófico y teológico intentando comprender las implicaciones de la teoría evolucionista para nuestro conocimiento de la realidad, de la moral y de la fe. Creo que el aspecto teológico fue el que se trató de forma menos afortunada, teniendo en cuenta la abundancia y calidad actual de las investigaciones y de los libros y estudios publicados.
De todos modos, siguen abiertas algunas cuestiones. El Vaticano reconoce el valor de las ciencias biológicas en su intento de comprender de forma natural – sin recurrir a un Dios creador – el mundo viviente y los orígenes humanos. La cuestión más problemática sigue siendo si tal visión de las cosas vuelve innecesario el recurso a Dios, pues el mundo pa-rece que puede explicarse bastante bien sin su ayuda o sin su actuación providente. Esta percepción, que han resaltado algunos estudiosos, puede resultar la forma más insidiosa, derivada del Darwinismo, de negar la religión, mucho más que los libros de algunos evolucionistas en años re-cientes, que utilizaron la ciencia para atacar explícitamente cualquier for-ma religiosa.
La Iglesia católica no quiere volver a enfrentarse con la ciencia; parece que tampoco quiere ignorarla. Sin embargo los problemas siguen abiertos. En aquel congreso una línea de respuesta consistía en reivindicar la fe y la teología como actitudes legítimas, que no se dejaban afectar por la ciencia, que se dedica a otras cosas. Un teólogo, por ejemplo, dijo que hay que distinguir entre el “principio” o “inicio” del mundo, que es objeto de la ciencia; y el “origen” o “procedencia”, que es el campo de la teología, en fin, la clásica distinción entre el porqué y el cómo. Sin embargo, otro colega mostró la fecundidad de los estudios teológicos recientes inspirados en la ciencia.
La cuestión planteada – que se pueda prescindir de Dios – requiere un tratamiento especial. Las respuestas más comunes apuntan al hecho de que a pesar de que los cientificos puedan ofrecer una imagen convincente del mundo, eso no significa que resuelvan todos los problemas o den respuesta a todas las inquietudes humanas; la ciencia no llega a todo, y seguramente se requiere de otras visiones y experiencias. Del mismo modo que la ciencia no vuelve superfluos el amor, la moral, o el arte, así tampoco sobra la fe. La confianza en Dios nos ayuda a evitar que la visión de un mundo frío y fruto de la casualidad nos arroje en un cierto desamparo moral y vital. La fe hace que todo se ilumine con una nueva luz, adquiera un profundo significado, y que podamos actuar de forma consecuente; de lo contrario se puede caer en un desesperado nihilismo.
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