Aún siendo una celebración religiosa y una fiesta que debería gozar de austeridad y penitencia, la Pascua es hoy en día un reclamo vacacional, una excusa para reunirnos con los amigos y la primera avanzadilla del escaparate bikinero. Es el momento de poner a prueba la elasticidad de la bragueta de los pantalones pirata, que no siempre resiste la inexplicable crecida abdominal consecuencia del frío e hipercalórico invierno y sacaremos al sol nuestros blanquecinos brazos mientras la cerveza o el porronet de ví hacen que nos parezca menos preocupante nuestro aspecto después de cada trago.
Una torraeta se considera un rito casi sagrado en estos días en que irónicamente no se debe comer carne. En Argentina tampoco se puede beber alcohol, pero la cúpula episcopal permite alternar uno de los dos pecados: o comes chuletas y bebes Fanta naranja o te pones pedo y pasas el día a base de papas, pistachos y ensaladilla rusa. Me pregunto cuántos conseguirán hacerlo.
Otro de los puntos fuertes de estos días son las procesiones. Hace tres años mi amiga Silvia me llevó a ver la Procesión del Silencio. Lo pasé francamente mal porque veníamos precisamente de comernos una paellita, regada con los mejores caldos de su padre, y que empalmamos con una cena improvisada, lo que hizo que nos costara más de lo normal mantenernos calladas. Pero cuando se apagaron las luces de la Placeta de la Vila y empezaron a sonar las matracas se me encogió el estómago. El silencio y la oscuridad se apoderaron de aquel momento y me di cuenta de que me había estado perdiendo un acto que presenciado en aquel lugar llegaba a conmoverte y acongojarte. Aquella representación tan íntima de un sentimiento de sumisión y dolor me impresionó. El sonido de aquel tambor sordo y el metálico arrastrar de las cadenas que ponían la banda sonora a la imagen de un joven nazareno, que con el torso desnudo y la frente sangrante arrastraba el madero en el que después sería crucificado. Es la historia sacada a la calle, nuestra historia, que seamos creyentes o no se documenta como un hecho acaecido hace más de dos mil años. Merece la pena salir a conocerlo, a interpretarlo, a reflexionarlo, porque con esta procesión se inicia la representación del hecho más cruel y significativo de la religión cristiana, que aunque ya le preceden otros actos no gozan de la misma espectacularidad o popularidad, como ocurre con el Domingo de Ramos.
Cada vez son más los que participan en esta celebración e incluso se intenta que podamos presumir de tener una Semana Santa de interés turístico regional. Posiblemente este sea el año en que la presencia del público respalde esta iniciativa, porque vamos a ser más que otros años los que nos quedemos a comernos la mona. Siempre lo podremos alternar con una de las legendarias películas bíblicas de Charlton Heston que sin duda alguna nos encontraremos en una ruta zapping. Feliz Semana Santa.
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