”Amanece, que no es poco”, per Rosana Ferrero
La eterna juventud
Fue por el año 1994 cuando un periodista británico bautizaba como metrosexuales a aquellos hombres de ciudad que gustaban de cuidar su cuerpo, que lejos de hacer una sórdida referencia a una tercera pierna no es más que una palabra compuesta por metro (ciudad) y sexual (que esta no va a hacer falta que la explique). En un artículo del New York Times se decía que el hombre metrosexual había acogido, en su conducta para cuidar la apariencia, una constante con el fin de diferenciarse del hombre gris (homo vulgarus), incluyendo algunas actitudes que se tachan como femeninas pero que realmente siempre han estado ahí, aunque de una manera más discreta. Con esto muere el mito del macho del taparrabos atigrado y de pelaje continuado desde la nuca hasta la rabadilla.
Todavía hay quien piensa que por depilarse las piernas o hacerse las mechas un hombre es menos hombre y no concibe que la crema antiarrugas ya no forma parte exclusiva del neceser de su señora. Es meramente una cuestión de la evolución de las tendencias, una ideología en pro de la belleza, el estilo y la autocomplaciencia. Posiblemente la manera más delicada de sacar al exterior la parte femenina que todos los hombres tienen. Ojo, que lo mismo tenemos las mujeres de camioneras cuando queremos (con todos mis respetos a las que para ser felices quieren un camión). Travesuras de la genética.
Muchos actores se han hecho eco de esta práctica y algunos de los que levantan más pasiones y faldas se pirran por una perfecta manicura, una depilación láser o un tratamiento facial tan eficaz y favorecedor que solo aquellos que encienden sus puros con billetes se pueden permitir. Es cierto que la riqueza ayuda a alcanzar la extravagancia y la excentricidad pero creo que no estamos hablando de hacerse un piercing en un pezón para colgarse las llaves del coche. En otras palabras: la tendencia masculina hacia la elegancia y la perfección física no debe confundirse con una tendencia sexual.
Porque nosotras también hemos cambiado. ¿Recordáis a vuestras madres cuando tenían 40 años? ¿Vestirían igual hoy en día? Nosotras también vivimos obstinadas en no envejecer, pero no es algo patológico. De nuevo hablamos de una tendencia y actuamos inconscientemente trabajando en ello porque esta época así lo requiere. Y cuando salimos de las navidades o nos acercamos al verano nos obligamos a someternos a la ardua tarea de perder entre 3 y 7 kilos, porque estamos más que convencidas de que nos sobran, porque nuestras peores pesadillas se encarnan en la celulitis, las canas, las arrugas, la flacidez y la cintura de
Alguien me dijo una vez que la juventud es un estado mental que puede desvanecerse si no se cree en ella. Y tiene razón.
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